Categoría: Periodismo
Los Castellanos del Perú
Muy buen documental realizado por la especialidad de Lingüística de la PUCP. A propósito de la portada publicada el 23 de abril por el diario Correo, que señala el "bajo nivel" educativo y cultural de la congresista Hilaria Supa.
24, abr | 1 comentario galiagalvezretamozo_lloviznazul En: Periodismo compártelo Tags: multilinguismo, lenguas, linguistica, fonetica, gramatica, racismo, exclusion, discriminacion, etnias, etnicidad, castellanos, castellano, peruano, imposicion, estandar
LA EDAD DE LA IRA
Por Aldama Suiz
"Permanecer en silencio
y en la indiferencia
es el más grande pecado de todos"
Elie Wiesel
Ira Rennert tiene 75 años, desde hace 12 años opera sus negocios en La Oroya (Junín), pues es dueño del centro metalúrgico DOE RUN Perú que compró por 120 millones de dólares. Él es, para que lo sepan todos, una verguenza nacional, sus fundiciones arrojan al ecosistema 1000 toneladas diarias de azufre (sangre en los pulmones), cadmio (osteoporosis), plomo (daño cerebral) y arsénico (huecos estomacales). Él a diario bota 85 veces más arsénico, 67 veces más azufre, 41 veces más cadmio, 13 veces más plomo de lo permitido según estándares internacionales. Envenena a los 33 mil oroínos, de los cuales 18 mil son niños, vía aire, agua, comida, todo lo que se toca. Ellos, sí, todos ellos están contaminados, tienen, según los estudios, 70 microgramos de plomo por decilitro de sangre en promedio, solo es saludable 10 microgramos, según La Organización Mundial de la Salud; esos niños son conocidos como los grises, por la cantidad de plomo que tienen en la sangre y que se refleja en su piel.
Muchos niños escupen sangre, vomitan bilis y nacen con daño cerebral pues desde el vientre materno ya están contaminados con plomo. Dentro de los pobladores hay 2000 casos de cáncer registrados. Es tal la contaminación que el Estado ha creído conveniente salvar a los pobladores propiciando un éxodo, es decir, mudar a los 35 mil pobladores a 6 kilómetros de la zona del desastre, es decir, refundar La Oroya, invirtiendo 130 millones de dólares en ello. Todo esto sucede a solo 5 horas de Lima en bus. ¿Tú lo sabías? ¿Sabías que la tragedia de La Oroya está en el segundo lugar de catástrofes ecológicas, solo superado por la explosión radioactiva de Chernóbil en la Ucrania de 1986? Es decir, que si no hubiera pasado esto, el Perú estaría en el primer puesto de catástrofes ecológicas, ¿te da verguenza ello?
Si tú eres de los que cree que da verguenza estar en el último lugar de las eliminatorias de fútbol, atiende y entiende. Si eres peruano y te ofende esto pues entérate, Ira Rennert está en el puesto 132 de los hombres más ricos del mundo, con 6 mil millones de dólares en su cuenta bancaria, su grupo empresarial RENCO INC generó en el 2008 la friolera suma de 960 millones de dólares y es propietario de la mansión más grande de Estados Unidos, en una exclusiva zona recontrapituca de Nueva York, valorada en 186 millones de dólares, cuenta con 29 dormitorios, 39 baños, canchas de tenis y una amplia y limpísima laguna artificial. "Mi idea es que se pareciera al palacio de Versalles", ostentó Ira a la prensa. En tanto en La Oroya se cava un hueco tan profundo y largo que se puede ver desde la Luna, las fuertes explosiones han rajado a muchas humildes casas de los pobladores. Son ciudadanos NN para todos, incluso para ti. Lo peor de todo es que son compatriotas.
Es tal la avaricia y tacañería de este empresario-genocida que aprovecha el tema de "la crisis internacional" para declarar en insolvencia a DOE RUN Perú. ¿Qué hace?, le importa muy poco cumplir con el Plan de Adecuación y Manejo Ambiental (PAMA) desde 1998, y pide que se siga prolongando su puesta en marcha hasta el 2011. ¿Que hace?, quiere despedir a más de 2000 trabajadores con el pretexto de mandarlos de vacaciones pagadas por un mes, sí pagadas, que lindo él, pero solo el 20% de sus sueldos. ¿Que hace?, que si no se paga una deuda por 185 millones de dólares no puede continuar funcionando DOE RUN Perú, pero a quién le debe DOE RUN Perú esa cifra, a RENCO INC, sí, sorpresa, al mismo ¡Ira Rennert! Y en tanto, ¿qué se les ocurre a nuestras autoridades?, prestarle, sí, a Ira, 175 millones de dólares, gracias al apoyo de nuestros empresarios, claro. O sea el casi octogenario Ira se debe estar al punto de mearse en los pantalones de la risa de nuestra clase dirigente. Para que sepan, ¿saben quién pagó la mansión de Ira? 120 millones de dólares que Ira dijo que no existían hace dos años y que fueron a parar a cada ladrillo, cemento y water de esos 39 baños. Los peruanos le pagamos el trono a Ira con los escupitajos de sangre de los niños de La Oroya, tus compatriotas, hermanito.
Él es el enemigo número uno del Perú porque mata, agrede e insulta a nuestra gente, empresarios de esta tipo no son ejemplo para nadie. ¿Creen que todo el dinero del mundo, sus 6 mil millones nos debe comprar de esta manera? Nos lanza heces a diario en la cara todo porque es billonario y compra el silencio y amagues de otra verguenza nacional, nuestro compatriota Juan Carlos Huaygua, gerente general de DOE RUN Perú. El estado debe actuar y expropiar DOE RUN Perú, porque es un caso excepcional y alejarnos así de este malnacido de una buena vez y por todas y entregarnos una razón de dignidad.
Por El Día Mundial de la Tierra
Aldama Suiz
PD: Reenvíalo a tus contactos para que conozcan a este genocida.
PD2: Algunos documentales y reportajes de interés:
Un respiro para María (2´.19´´):
http://www.youtube.com/watch?v=-IDeG7mSFIE
Los niños de la Oroya (3´):
http://www.youtube.com/watch?v=gg6en44jE4I
House of lead: La Oroya - Perú (10´):
http://www.youtube.com/watch?v=Kpwu8DOmzoU
CNN - DOE RUN (5´.03´´):
http://www.youtube.com/watch?v=vnl2OGoeQNw
PD3: Fotos exclusivas de la mansión de Ira o de los oroínos:
http://good-times.webshots.com/album/551422814IrrFUH
PD4: Más información:
http://www.salvemoslaoroya.org/
23, abr | sin comentarios galiagalvezretamozo_lloviznazul En: Periodismo compártelo Tags: oroya, contaminacion, ambiental, polucion, ira, rennert, plomo, sangre, doe, run, peru
Causalidades

“Lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un güisqui on the rocks” Joaquín Sabina
Devoré con inquietud tu último mail, era concluyente. Esperando talvez encontrar alguna palabra que hablara de mí, lo releí varias veces, pero estabas lejos de mencionarme. Líneas arriba habías comenzado maldiciendo a los editores de la revista, la fotografía, la enfermedad de tu madre, otra vez la fotografía y mucha insistencia en “Con tanta basura y tratando de que publiquen un buen trabajo mío, no una imagen que satisfaga la masturbación mental del director. Te llamo pronto, estaré bien, gracias”. Y por qué tantas semanas de silencio, de no saber. De la modernidad e ilimitadas vías de comunicación en segundos que no me concediste. Pues bien, ahora sabía. Era cierto que perdiste el interés en mí, cierto también que había esperado tu llamada como fanática y que ese email tuyo en mi bandeja, recibido como un dardo sobre otro dardo, era una confesión sincera de tu alejamiento. Pero ya no te esperaría más, aún si llamaras o regresaras. Sólo dejarte un mensaje final, hoy miércoles, tres de la tarde, diciembre. Responder a remitente. “Siento mucho encontrarte así. Dirás “¿cómo así?”. Así tan ausente de mí. El lazo de nuestra comunicación se ha carcomido. Pero tú estarás bien, eres fuerte, lo sé. Ya no vivo con mis padres hace varios meses, no te lo dije antes. Tampoco creo que importe. Estás tan bien acompañando... Sólo decirte que a veces caminaba con las amigas de universidad hacia el mar en invierno, cruzaba la avenida y veía el Café Maroún, el de paredes enmaderadas ¿lo recuerdas, no? Me duele esa calle, es como si tuviera vida propia, en fin, debe ser algo más de lo que llamabas mis fantasías. Cuando iba sola, luego del trabajo, por las noches pedía capuchino, muy pálida con un saco oscuro me sentaba en la mesa más alejada, escuchaba el jazz lento “black is the night black as my heart…” y fascinada hasta el llanto junto a esa mezcla de olores de la madera con la brisa marina y el café denso, te recordaba. Todo esto en invierno, después del otoño en que apareciste en aquel mismo café envuelto en una bufanda beige“Disculpe señorita ¿está libre este sitio? ¡Ah, Galia! tú eres Galia de la universidad ¡Genial encontrarte! Sí, he visto tus trabajos, también publiqué en España. Tus fotos son buenas, la foto en prensa es distinta… podríamos hablar más de ello…”. Cuarta semana“Galia, te quiero mucho, Galia…” Música suave enfrente, fotos. Tercer mes, recuérdalo, tropezabas torpe en tu habitación, la luz se perdía “Gali, debo viajar, no sé cuanto tiempo me quede allá, pero estaré llamándote, comunicados siempre…”. Hoy es verano, y quiero decirte que eres un hijo de puta, que es mejor si no me llamas. Hace una semana, ella, mi amiga, la retratista valenciana, me confió por msn, ignorante de su condición, que cabalga contigo desde hace un mes en ese piso que tienes rentado en un suburbio de Madrid, las fotos que le haces desnuda y fotos que se toman cuando salen.”… Ey, chavala ¿estás ocupada o qué? ¿por qué no me contestas? Mira que tú y yo no hablamos casi nunca ¿no te da gusto que un compatriota tuyo haga camino aquí? …no pensé que los peruanos fuesen tan buenos amantes, eh”. Apenas pude teclear “a-d-i-o-s-d-e-bb-o-s-a-l-i-r-a-o-r-a”. El mundo, tan circular acaso, que todos coinciden en un mismo punto y tu silencio tan evidente. Adiós”. Enviar. Cerrar sesión. Ahora, sentada en esta orilla con mis 24 años cumplidos y dos maletas, a punto de partir me pregunto si no fue error el tiempo compartido contigo. De súbito mi celular suena, código 00 34 en la pantalla. “¡Bah!”. Movistar. Apagar equipo. “Pasajeros del vuelo 6458, favor de abordar por sus respectivas puertas de embarque…” Y así sin más, levante mi equipaje de mano, caminé hasta la fly hoster y entregué el boleto de ida. Afuera, Lima, en verano, comenzaba a lloviznar. © galia gálvez retamozo

6, mar | 1 comentario galiagalvezretamozo_lloviznazul En: Fotografía Periodismo Música compártelo Tags: movistar, valenciana, jazz, cafe, chavala, invierno, mar, lima
DERRUMBE
Sábado, siete y algo de la mañana, aún dormitaba la parte más vivida de un sueño donde Fabio salía de viaje y me entregaba un sobre pidiéndome lo abriese después de que hubiera partido, pero me despertó la voz rígida del locutor “…el tránsito se encuentra interrumpido en el kilómetro 67 de la carretera central… pueblo de San Jerónimo de Surco… derrumbe ocasionado por las lluvias…” Di un giro violento sobre la cama y fui separando de a poco un párpado, el otro, ¡maldición! el ardor que ocasiona la luz temprana y esta fotosensibilidad mía. En un minuto había cambiado mi habitual semidesnudez del sueño por un pantalón cargo verde, polo sin mangas y pañoleta negra. Sí, me iba, cada vez menos adormecida crucé el garaje. Maletín, baterías, la fiel Canon, lo más que necesitaba. Al salir tropecé con mi madre y hermano, algo dijeron, creo que ella quiso prevenirme del frío, pero ya no me calan las lluvias, además, los seres como yo somos un encuadre perfecto de soledad junto a la lluvia, similar a una foto olvidada de Cartier-Bresson en la vía o sea porque soledad es de artículo femenino. Sola llegué hasta la carretera bloqueada. “No hay pase señorita, hasta aquí llegamos ¡baja puente!” Y allí me dejó la combi, al final de una cola de buses con pasajeros gruñendo, camiones con fruta descompuesta, camionetas y autos varados a 400 metros del derrumbe, la culpable, una roca de cinco toneladas. Hora de caminar y lo hice, lo único molesto fue al pasar, de las ventanas me cayeron silbidos y piropos que encarnaban a colegiales de hormona estimulada. Camaleónica, mi piel pasó por todas las escalas del blanco al gris y del rojo al azul furia. No hay duda – me dije convencida – El calor y la espera, arrecia a los hombres. Debía llegar al punto, aunque el sol de esa mañana fuese más criminal que las voces y los mosquitos. Desde mi reportaje sobre el penal Castro Castro, el 2007 sólo había cosechado flores artificiales: publicaciones, entrevistas, aplausos ilusorios, el viaje a Europa, un gran amor trunco, amores de un día, dos editores que quisieron acostarse conmigo, y finalmente escribir y hacer fotos sobre realidad latinoamericana para la Iglesia Católica. Pero Fabio cambió todo a su llegada, me había recomendado a un medio en Perú y yo debía pulir mi portafolio. El sol tostaba mis brazos cuando comencé a disparar con la Canon, lente angular de 6.0-72.0 mm, disparé a la roca montada en la pista, a la fila de carros atollados, a los policías de carretera que contrariados hablaban por celular, en tanto un tractor ensordecedor luchaba con las rocas y vendedores improvisados la hacían linda. Hice tantos ángulos, en contrapicado, primeros planos, panorámicos, planos detalles y repentinamente ¡A correr, carajo! desde lo alto el cerro rugía furioso nuevamente, exhalando polvo y piedras. La vida humana siempre tan frágil, una pequeña roca, suficiente para un adiós fortuito. Pasado el trance continué las fotos. A medio día la pista quedó limpia, empezó el transito lento lento. Terminado mi reportaje, bajé caminando a San Jerónimo de Surco, un pueblo pequeño que no había vuelto en cuatro años, cuando con amigos de la universidad viajamos para hacer un documental sobre las Caratas Palacala. Pues bien, el pueblo había cambiado, ahora tenía panel de bienvenida, paradero y paredes empedradas en el camino de ingreso, antes del puentecito. En San Jerónimo vivían los abuelos de una vieja amiga, pero ¿donde quedaba la casa? bueno, preguntando se llega Roma, aunque según algunos, las personas por las que preguntaba habían muerto hace cincuenta años. Sujeta de la Canon, seguí andando bajo el cielo que ahora se había nublado, ni un alma en las calles, esa imagen me hizo evocar a Albacete en España, quizás por su silencio a la hora del almuerzo, por su clima o por la melancolía que me producía, pero entonces recordé la loza, los rieles del frente, pregunté a unos niños que jugaban, no les dejé terminar de responderme y me fui a velocidad. En el camino distinguí a la vieja Jovita con una bolsa de mercado, la mujer que vivía en casa de los abuelos, no me reconoció al verme. “Hola Jovita, soy Galia, la amiga de Dorica”. Los ancianos siempre se duelen de la vejez de alguien que antes vieron más joven pero no de la de ellos mismos porque tal vez ya no recuerdan cuando fue que empezaron a hacerse viejos. La vi igual a Jovita, será porque me estoy haciendo vieja. La ayudé con su bolsa y llegamos a la casa de la abuela. “La amiga de Dorica está aquí, quiere saludarte” dijo su voz apagada. Ingresé a la salita gris, sus sillitas parejas como cuatro años atrás. Y pienso en qué tipo de soledad se vive a esa edad, porque después de unos minutos de conversar sobre mi llegada inesperada, mis estudios en la universidad, Lima y mi trabajo, la abuela rompió a llorar agradeciendo mi visita; sólo atiné abrazarla fuerte y al hacerlo creí que abrazaba a alguno de mis desconocidos abuelos. Esa escena me retorció dentro. Después de despedirme, caminé lánguida hacia la plaza del pueblo estirando los brazos, quería fotografiarlo todo. Del cielo garuaban medianas gotas. Ave mojada Una y treinta de la tarde, amenazaba llover fuerte, porque el cielo se tornó oscuro y las pocas personas caminaban raudas a sus casas, más tarde fueron los vientos intensos golpeando las palmeras de la plaza, agitando mis cabellos. El único restaurante del pueblo, puerta cerrada. Pero en verdad la lluvia densa no me parecía amenaza, sino más bien algo que siempre he buscado, por eso extendí mi palma ante la primera gota grande como si todo mi cuerpo fuese tierra seca y agradecida, hasta que comenzó el amable aguacero en que me quedó la imagen difusa de una forastera joven con mi nombre, algo ida, vestida de gris, desnuda de brazos y rostro, empapada y sola en la plaza, protegía un objeto pequeño y oscuro – sé por sus lágrimas encubiertas que es una poseída del frío y la tierra, que ama a fatalidad lo profundo, lo perdido – Un pañuelo cubría su perfil, inclinada, por ratos deslizaba los dedos en las gotas que le caían del labio. ¿Cuánta ausencia alberga una única calle, un campanario? ¿Un único sitio poblado de palomas? Cortejándose encima de los tejados, otras serenando en ranuras y techos. Me abatía dulcemente esa escena – si tuviese que escoger un sitio para vivir alejada sería aquel – Mojada y sin frío, deseé locamente tener a Fabio cerca de mí, tomar sus manos tan distantes, a esa hora seguramente cumpliendo alguna comisión en Lima, sujetando una cámara como yo; quise timbrarle y me contuve. El fado más dolido de Cristina Branco rodó en mi portátil mp3 y todo adentro me crujió como una viga rota “meu amor, meu amor… meu corpo em movemento… de ser un propio elemento… meu passaro sinsento… meu limao de amargura”. Acaricié el viento e imaginé sus cabellos largos de reportero desenfadado, besarlo en lo ojos, tras esas gafas de marco oscuro, en la “r” de su boca que él pronunciaba como “g”. Reaccioné, había tomado en la lluvia: flores, palomas, hojas, tejados, cinco retratos de un anciano, un hombre en secuencia de diez imágenes cruzando la plaza, tres autorretratos en el vidrio de la escuela, pero los más captados habían sido una piletita con un águila erguida y el cielo espeso. De amor y derrumbes ¿Qué podía hacer al regresar húmeda a Lima? ¿Llamarlo y pedirle vernos utilizando algún pretexto estúpido? Seguí fija contemplando el horizonte verde… verde. De improviso, un estruendo agudo terminó por despertarme, sonó como truenos consecutivos, provenían del cerro, al frente, en la carretera. Y lo vi, el cerro se deshacía. A mi costado surgió la voz nerviosa de un policía “otro derrumbe… llama… llama a Lima”. La única mujer que en ese momento salía de su casa jalando a su pequeña hija, cerró de golpe la puerta, la niña lloró asustada y echaron a correr a la parte alta de la plaza. De súbito la calle principal, antes desierta, se llenó de gente. Bajé a prisa por las escaleritas de la comisaría, ya en la esquina que daba a la carretera una mujer gritó “señorita no vaya, no vaya, la otra vez también así… y volvió con más fuerza…” Minutos anteriores le había disparado al cerro en el momento que comenzó a caerse y no dejaría de hacerlo. Crucé el puente. El panel “Bienvenidos a San Jerónimo de Surco” achatado en un lado por el golpe, aunque la peor parte la había llevado el paradero pues convertido en bloques verdes de cemento, yacía a fuerza de fierros astillados en la carretera. La gran roca que lo demolió, rodó hasta el río. El asfalto fue nada para la cólera de la naturaleza. Siempre bramando, el cerro insistía en hacer caer desde lo alto piedras de tamaño medio. Otra vez el tránsito bloqueado y yo invadida de miedo sincero, acaso porque sé que la vida es un chispazo efímero en la edad del tiempo, un disparo de flash al sol. Más de cincuenta fotos al desastre y regresé a Lima. Mojada, con el corazón mojado también, en el camino me desfilaban imágenes; Fabio, lluvia, río, túnel, riel, valle, aire limpio, flor. Quizás lo que mejor se me asemejaba en ese momento, era esa piedra caída al río. Fabio. Golpe de luz. A memoria me vinieron algunas mentes muy antiguas y preclaras que hablaban del dolor de la tierra, de su cansancio tan vivo, ahora, sólo comparable con el derrumbe que sentía dentro de mí. Fabio, la primera vez en el computador de su casa, el jazz suave “tus fotos son buenas… es mejor hacer una sola foto buena que cinco fotos medianamente buenas…”. Él partiría lejos, y yo ya no lo llamaría como antes para pedirle que acabara de ser mi amante, mi única foto buena. © galia gálvez retamozo
Caminante no hay camino
Reminiscencias

25, feb | 4 comentarios galiagalvezretamozo_lloviznazul En: Fotografía Periodismo compártelo Tags: bloqueo de carretera, san jeronimo de surco, lluvia, derrumbe, fado
LAS FOTOGRAFÍAS DE GALIA GÁLVEZ: TESTIMONIO Y SUBJETIVIDAD
Por: Gustavo Tapia Reyes.
Debo empezar confesando que personalmente no conocía a Galia Gálvez Retamozo (Lima,1983), menos que haya nacido en un campamento minero y fuera una fotógrafa con estudios efectuados en el Museo de Arte y en el Centro de la Fotografía, pero, a raíz de la responsabilidad asignada hube de buscar información que me oriente, en este camino siempre pedregoso, consistente en expresar con palabras algo que no necesariamente se ha amparado en éstas para alcanzar un nivel como las fotografías de Galia Gálvez, en particular sobre la exposición itinerante que del 04 al 15 de setiembre del 2006 realizó en Chimbote, llamándola con el nombre poético de “Senia”. ¿Y qué significa senia? me pregunté entonces iniciando mi periplo mental. Y por más que indagué en el diccionario el término más próximo hallado fue “senil”, que claramente nada tiene que ver con lo que ansía expresar la artista, así es que preferí dejarlo a que otros especulen como en la literatura respecto a “trilce” de César Vallejo o “altazor” de Vicente Huidobro.
Entonces brotaron las imágenes enviadas a mi correo electrónico por Internet. En el casi olvidado blanco y negro con sus degradaciones respectivas, o sea los claroscuros, que otorgan unas sutiles sugerencias. A color también, por supuesto, para estar a tono con la siempre exigente vanguardia de inicios del siglo XXI. Planos, contraplanos, planos medios, planos generales, planos cortados fueron emergiendo ante mis ojos frente a tamaña sorpresa, debido a la versatilidad demostrada por Galia. Ahí es cuando el espectador advierte la clara diferencia que hay entre quien posee una cámara fotográfica, solo porque le urge desempeñar un oficio que le permita sobrevivir (en el Perú nadie vive realmente) y quien está ganado por el afán de captar esos instantes nunca eternos, al soplo en la vorágine de los días que transcurren y que en cualquier momento se presentan como un relámpago en medio de la noche y que, semejante al cuar, cuar, cuar de los pájaros de Hitchcock, causan un impacto repentino para desaparecer conforme vinieron.
Porque en estas fotografías podemos encontrar esos instantes que solo una vez aparecen y que solo el arte fotográfico -por cuanto no olvidemos que la luz es lo más veloz que existe- puede aprehender. Son ocasiones, chispazos, efluvios, momentos, contundencias, gestos, soplos, que el lente de quien también ha editado poemas en las publicaciones “El Bote”(de Chosica), “Centro Poético”(vía Internet), “Plexus”(de Barranca), entre otras, aparte de haber trabajado como reportera gráfica para la revista “Urbania”, impregna para la posteridad tal y conforme desde antaño lo hicieran el francés residente en el Perú Eugene Courret con sus cuantiosas escenas de nuestro pasado histórico o la argentina Sara Faccio respecto a la época del peronismo, que incluye los funerales del dictador gaucho. También el francés Henri Cartier-Bresson desenvolviendo una prolífica labor antes y después de la II Guerra Mundial, sustentando su famosa teoría del “instante decisivo”, el húngaro nacionalizado norteamericano Robert Capa con sus impactantes imágenes que presenció como corresponsal de guerra en las distintas conflagraciones que le tocó presenciar o el argentino, que muchos confunden peruano, Alejandro Balaguer con sus tomas sobre las zonas desérticas de nuestro país, adicionándole de antemano un hálito de misterio y de angustia como en la pintura lo hiciera el también poeta Jorge Eduardo Eielson. Y así la enumeración podría continuar sin que acabemos nunca, porque la fotografía cada vez gana más adeptos como arte, además que sea considerado un trabajo remunerado, no siempre artístico.
Por otra parte, la doble faceta de Galia, de poeta y fotógrafa, no es tan nueva que digamos si no que más bien representa una continuidad. Ya el poeta José María Eguren a principios del siglo XX inició esta tendencia con unas mini fotografías que integran un valioso archivo de 450 tomas, hoy guardadas en la Biblioteca Nacional ni qué decir del narrador mexicano Juan Rulfo con sus enfoques de los ambientes rurales, poblados de humildes personajes acordes a los que presentaría en sus cuentos y única novela. Empero, esto hace que sus enfoques sean de otra naturaleza, acaso recién aparecidos, según se comprueba en las fotografías de ángeles, estatuados desde un punto de vista que parecen gozar su último aliento, previo al suicidio o de la mujer que goza bajo la luz del día, aunque prefiere ocultarse a la sombra, para dejar incógnitas a partir de sus manos, de sus pies, de su cuerpo, un cuerpo no exento de romanticismo expresivo.
Interesante por expresarlo de alguna manera es su serie de autorretratos, donde afronta el riesgo de cortar los planos que se capta a sí misma, envolviéndose en la imprecisión como señalando que su complejidad humana lo muestra incompleta en sus ojos y párpados de mirada crispante, desesperada, de sus labios cerrados (acaso para contradecir el título de Beethoven Medina) junto al lunar o viceversa, además de un retrato algo más pleno, aunque su lente siempre lo haya enfocado desde un ángulo de noventa grados. Es decir, asume experimentos en su afán por ser una artista que trabaja el color con cierta difuminación en consustancia a esas imágenes que tienen un claro tinte social y de protesta, un extremo político si se quiere –aunque ella diga e insista en negarlo-, para revelar esos ámbitos asfixiantes de miseria y pobreza en que viven millones de peruanos, olvidados por todos los gobiernos sin excepción.
En este rubro es que Galia demuestra su alta sensibilidad social, su compromiso para con el tiempo que le toca vivir brindándonos su testimonio (aunque siga negándolo), pues no le da el color solo para fotografiar lo que le parece bello sino también ese lado que siendo horrible, deforme o monstruoso es parte de nuestra realidad, que no es únicamente la costa en su monumentalidad de urbe, igualmente son las comunidades del interior del país, en este caso Oyón, ubicada en la sierra de Huacho (afueras de Lima), aunque también están Churin o Baruk, donde por medio de ese lente social encontramos a niños extraviados en sus miradas, a adultos que parecen no saber nada acerca de la palabra “futuro”, de construcciones habitadas que se han derruido por el tiempo, con arenales en color o ángulos en sepia bajo tan expresivos como dolientes títulos “Esperando a mamá”, “A la luz de la vela”, “Hambre”,“El mar me ha dejado sola”, “Niña y carreta”, “Me alimento del sol”, entre otras, donde hallamos que, según ha escrito el poeta Ricardo Ayllón, “su visión de cotidianeidad se sostiene más bien en la posibilidades del detallismo interpretativo expresado por su lente, es decir, en la diversificación que otorga el movimiento de la luz, el relieve silencioso de la expresión humana, la búsqueda de definición en sus autorretratos y su posición crítica ante el contexto social” .
A todo esto debemos adicionar igualmente las fotografías en que Galia Gálvez, que además estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Martín de Porres, apelando a la subjetividad, experimenta con la luz natural de cada día, disparando sobre escenas de niños jugando al atardecer, de otro niño bajo el umbral de su puerta como anónimo que es, de bailarina lanzada a la pista por un impulso inexplicable, sin olvidar esa de serie de “pisos de banco” que derruidos por los caminantes citadinos han derivado hacia caprichosos rostros de perfil que, vistos desde la distancia, hacen sonreír a medias, pero que observados desde más cerca se tornan inquietantes. En suma, estamos ante una propuesta que evidencia el recorrido vital permanente de la autora, armada de una cámara fotográfica por doquiera que va, para dejarnos, pese a su juventud (juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver, decía el nicaragüense Rubén Darío) esas imágenes que su inquietud artística la ha llevado a captar sin descanso, desde el ayer al presente, desde el ahora al mañana mismo, en nuestro entorno, aquí o allá, debajo del puente o por encima, o sea entre lo real y lo ficticio “impregnándonos con vivencias y aromas que dejan huellas en el quehacer fotográfico”. Augurémosle pues un porvenir en la medida que afinando más su sensibilidad, no descuide tampoco su técnica, siempre necesaria y que vaya más allá de “Senia”, nombre con que ella –según dijo- era llamada cuando niña.
1- Del catálogo publicitario, impreso espacialmente para el Exposición Fotográfica “Senia” de Galia Gálvez, desde el 4 al 15 de setiembre del 2006, en el auditorio de la Universidad Privada San Pedro.
2- LUJÁN, Rómulo, ibídem.
15, sep | 3 comentarios galiagalvezretamozo_lloviznazul En: Fotografía Periodismo compártelo Tags: senia
SENIA: Senia...senia, pequeña mia tus pasos menudos golpean mi tumba. 24 DE JULIO LA INAGURACIÓN EN LA CASA DE LA CULTURA DE BARRANCA
"Galia Gálvez nos ofrece una palpitante inquietud gráfica, nos muestra un mundo real y otro ficticio, entre granulaciones, enfoques, desenfoques, claros oscuros, grises o multicolores; nos acerca a personajes VIP o a los anónimos de la calle, impregnandonos con vivencias y aromas que dejan huellas en el quehacer fotográfico"
Rómulo Luján (Fotoperidista y profesor del Museo de artes)
La primera impresión producida por los elementos que componen nuestro mundo inmediato, no parece satisfacer la sensibilidad de la joven fotógrafa Galia Gálvez; su visión de cotidianeidad se sostiene más bien en las posibilidades del detallismo interpretativo expresado por su lente, es decir, en la diversificación que otorga el movimiento de la luz, el relieve silencioso de la expresión humana, la búsqueda de definición en sus autorretratos y su posición crítica ante el contexto social. La presente muestra, en este sentido, constituye una verdadera iniciativa de reflexión motivada por las capacidades de un espíritu inquieto, femenino y lozano. De allí su importancia y su ineludible efecto en el observador.
Ricardo Ayllón
Autorretrato en blanco y negro frente al lago (podría ser con filtro azul o sepia)
Ellos me han contado Senia, con voz quebrada, que era una mañana de diciembre. Sí, entiendo que diciembre tuvo que haber sido – esto hace 22 años – cuando inacabada Galia Gálvez, la enana de dos trencitas y mejillas escarchadas, la que vestía un bucito rojo y otro azul, decidió abrirse entre el pubis de la madre y una mesa de tópico para que la nieve, su nodriza de tormentos y alegrías la recibiera en el regazo, sé que le colocó un pezón helado a su caliente lengua de cría para que el frío ardiera a llama viva en tan pequeño cuerpo el resto de su existencia; tan brutal fue ese amamantar que la mató – lo cierto es que luego de no sé cuantos minutoshoras de dada por muerta, volvió – y no fue sólo el frío lo que ardió en ella, sino que este le hizo parir… Oh, sí ¿qué cosa, dirás? Pues eso que hemos visto y es un secreto tuyo y mío. Fue entrando por sus talones y le abarcó hasta sus ojos con imágenes de martilleos, de túneles y sirenas, de hombres uniformados que tenían los pómulos henchidos en la cara y que por la noche se levantaban para regresar con pasos de cansancio al medio día. La noche y sus himnos de cántico andino, de pronto un grito, un socavón, algo se rompe, una mujer llora recibiendo puntapiés sobre la nieve, hay en el aire sonidos de juegos pavorosos y una casita azul que tiembla, los niños corren asustados, los hombres soportan el peso de lo roto pisando ternuras… la niña más grande del grupo huye primero y no llega a su destino, el niño del medio corre y no se le alcanza nunca. Rezos en una mano nerviosa. Ella, incompleta, la del bucito rojo, en una esquina que llueve implacable, con la carita sucia todo lo engendra en sus ojos.
g.g.r.
Biografía
Galia Gálvez Retamozo (1983) nació al noreste de Lima en un gélido campamento minero. Estudia Ciencias de la Comunicación en la USMP. Fotógrafa y poeta, estudió en El Museo de Artes y El Centro de la Fotografía. Sus poemas han sido publicados en diversas revistas desde 2003: El bote de Chosica, Centro Poético, Plexus. Ha realizado la restauración gráfica de slides para el libro Paucartambo de Chalena Vásquez; y trabajado como reportera gráfica para la revista Urbania. En los viajes que suele realizar hacia las comunidades andinas, hace trabajo de registro visual.





10, sep | 1 comentario galiagalvezretamozo_lloviznazul En: Fotografía Periodismo Poesía compártelo Tags: senia
